Música pop y sentido común


La relación entre la música pop y el “sentido común” definido por Antonio Gramsci puede analizarse desde su teoría de la hegemonía cultural, que explica cómo las clases dominantes mantienen el poder no solo mediante la coerción, sino a través de la difusión de valores, ideas y prácticas que se naturalizan como parte del “sentido común” en la sociedad. La música pop, como fenómeno cultural masivo, interactúa con este concepto de varias formas:


1. Refuerzo del sentido común hegemónico

  • Normalización de ideologías dominantes: La música pop suele reflejar y promover valores asociados al consumismo, individualismo, éxito material, estereotipos de género o relaciones románticas idealizadas. Por ejemplo, canciones que celebran el lujo (“Material Girl” de Madonna) o la hiperindividualidad (“Stronger” de Britney Spears) contribuyen a naturalizar estos conceptos como parte del “sentido común”.
  • Reproducción de estructuras sociales: Las letras, los videos y las imágenes de los artistas a menudo refuerzan roles de género, estándares de belleza o dinámicas de poder existentes, legitimando así el orden social dominante (ej.: objetivación femenina en muchos videos de los 2000).

2. Ambivalencia y contradicciones

  • Fragmentación del sentido común: Gramsci señalaba que el “sentido común” no es un sistema coherente, sino un conjunto de ideas contradictorias. La música pop refleja esto al mezclar mensajes progresistas con conservadores. Por ejemplo, una canción puede promover el empoderamiento femenino (“Respect” de Aretha Franklin) mientras su video reproduce estereotipos corporales.
  • Adaptación a cambios sociales: A medida que el “sentido común” evoluciona (ej.: aceptación del matrimonio igualitario), la música pop incorpora estos cambios para mantenerse relevante, como lo hizo Lady Gaga con “Born This Way”.

3. Potencial contrahegemónico

  • Resistencia y crítica social: Algunos artistas usan la música pop para cuestionar el “sentido común” dominante. Canciones como “Formation” de Beyoncé (sobre el racismo) o “This Is America” de Childish Gambino desafían narrativas hegemónicas, generando diálogos críticos.
  • Límites de la resistencia: No obstante, la industria musical, controlada por grandes corporaciones, tiende a cooptar mensajes disruptivos para comercializarlos, diluyendo su potencial revolucionario (ej.: el “feminismo de mercado” en artistas como Taylor Swift).

4. La música pop como arena de lucha cultural

  • Guerra de posiciones: Según Gramsci, la hegemonía se disputa en espacios culturales como el arte. La música pop es un campo donde se negocian significados: desde el surgimiento del punk (crítica anticapitalista) hasta el K-pop (soft power global), muestra tensiones entre dominación y resistencia.
  • Apropiación y reinterpretación: El público puede subvertir el mensaje original de una canción, como ocurrió con “Born in the USA” de Bruce Springsteen, que muchos interpretaron como patriótica pese a su crítica a la guerra de Vietnam.

Ejemplos clave

  • 1980s y consumismo: Artistas como Madonna o Michael Jackson reflejaron la era Reagan-Thatcher, fusionando éxito individual con ostentación material.
  • Música pop LGBTQ+: Artistas como Troye Sivan o Kim Petras normalizan identidades no heteronormativas, desafiando el “sentido común” tradicional.
  • Globalización y hegemonía occidental: El éxito de Taylor Swift o Ed Sheeran exporta valores occidentales, pero fenómenos como el reggaetón o el afrobeats muestran resistencias culturales desde la periferia.

Conclusión

La música pop actúa como espejo y motor del sentido común gramsciano: mientras reproduce ideologías dominantes (hegemonía), también puede abrir grietas para cuestionarlas (contrahegemonía). Su papel depende de factores como la autonomía artística, la estructura de la industria y la recepción crítica del público. Gramsci recordaría que, en este juego de fuerzas, la cultura nunca es neutral.


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